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it’s just a slow day moving into a slow night.
it doesn’t matter what you do
everything just stays the same.
the cats sleep it off, the dogs don’t
bark,
it’s just a slow day moving into a slow night.
there’s nothing even dying,
it’s just more waiting through a slow day moving
into a slow night.
you don’t even hear the water running,
the walls just stand there
and the doors don’t open.
it’s just a slow day moving into a slow night.
the rain has stopped,
you can’t hear a siren anywhere,
your wristwatch has a dead battery,
the cigarette lighter is out of fluid,
it’s just a slow day moving into a slow night,
it’s just more waiting through a slow day moving
into a slow night
like tomorrow’s never going to come
and when it does
it’ll be the same damn thing.

– llueve, todo va mal, saquen a Bukowski del baúl. tomado de what matters most is how well you walk through the fire.

A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó. A mí me encanta la transmigración.

Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.

Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.

¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda… y nos hace cosquillas!

Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho? Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el carro”?…

Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.

Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.

Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.

¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los remansos…. y de los camaleones!…

¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer!… ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas… los de las madreselvas?

Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil, jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un mismo esqueleto y un mismo sexo.

Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!— el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra?

Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.

– Tomado de Espantapájaros (1932), de Oliverio Girondo.

Tengo una teoría de por qué la gente hace cosas tan horribles. Es por lo mismo por lo que los niños se empujan en el colegio. Si tú eres el que empuja, nadie te va a empujar a ti. Si tú eres el monstruo, nada estará esperando entre las sombras para atacarte. Es muy sencillo: la gente hace cosas tan horribles porque tiene miedo.

– Taken (2002). Visto en Microsiervos.

“Bebo un trago, aunque todo este hablar de porquerías me está quitando la sez. Nosotros lo pronunciamos así: sez. Como si esta ansia de beber fuese algo distinto a la sed normal; porque, en cierto modo, lo es.”

– Kiko Amat, Rompepistas.

Hay una mujer. Me odia. Le huele la boca. Distintos olores salen de su boca. Pueden dividirse en dos grupos, los siguientes: si ha comido y si no ha comido. La identificación de los primeros es una ciencia alegre, aunque sin ningún interés. Coliflor. Repollo con carne. Además, los casos más obvios: cebolla, ajo. Sin embargo, los puerros de la ensalada suponen ya una mayor delicadez de espíritu. Y como se trata de una mujer aseada, todo lo anterior aparece velado por el olor de la pasta dentrífica y, a menudo, del licor antiséptico bucal.

Si no ha comido, entonces la cosa se pone más eria, entonces no existe el ayer ni el atardecer -sólo es alguien si ha comido-, entonces no existe nada: no existe el tiempo, no existe la causa ni el efecto, no existe pues, la lógica, no existe la Historia, no existe la memoria (y por consiguiente no existe la moral), ni tampoco existe la sociedad, por no hablar del país, de la patria, de la nación, tan sólo existe una persona (la conozco, por eso la llamo así) que irradia la impersonalidad: ese hedor cálido a putrefacción.

No, no es un hedor, es algo menos, y por lo tanto más temible. Es un ligero mal olor. Leve e insustancial, apenas perceptible, si no me gustara por encima de todas las cosas besarla, ni siquiera me daría cuenta de ello. Si no me azotara un deseo constante, insaciable, hacia sus labios, no me enteraría de esa figura de la creación, de esa herida, de esa terrible infamia. La mujer entera es como una ligera brisa que llega desde la fábrica de colas y pegamentos. Lo más insoportable es la ternura. Si le cubro la cara de minúsculos besos rápidos, si le doy besitos en los ojos, en los párpados, en las cejas, en la nariz, en las orejas, en la mejilla, en la nuca, y claro, en los labios, en la boca, todo se vuelve terrorífico, y llego a unas cimas tan abruptas del asco que me mareo. Por el contrario, cuando más salvaje e insensible y brutal me muestro -asaltándola sin más, como un animal, mordiendo sus labios como si me los quisiera zampar enteros, a dentelladas, moviendo la lengua como si se tratase de un ser vivo, sintiendo en la boca el sabor a sangre-, menos me acuerdo de la fábrica de colas y pengamentos que, según se comenta, acaban de privatizar, de vender por cuatro monedas.

Así que, si la veo en un terreno propicio para los besos -y hoy en día apenas existe ningún lugar que esté bajo la veda del decoro individual o colectivo, de la moral o de la beatería-, entonces me pongo inmediatamente a correr hacia ella, como un personaje de los dibujos animados, acelerando el paso con locura, y ¡hala!, corro hasta alcanzarla, hasta chocar contra ella, sin detenerme, porque sé que si me detuviera, entonces me invadiría un sentimiento de vacío viciado, de ausencia apestosa de nada nauseabundo, soplo soporífero que me provocaría vómitos como ha sucedido en más de una ocasión, mezclándoze mis mocos con mis babas -otra forma de unión.

Ella sabe todo esto, así que me odia. Es un sentimiento reconfortante. Es verdad que me interpreta mal, se cree que lo hago por generosidad, así que me odia. No es por eso, sino porque me vuelvo loco por ella; si cierro los ojos, sólo la veo a ella, si abro los ojos, hago todo lo que sea para verla. Cuando se dé cuenta de ello, ella también me amará. Pero eso no importa, sólo importa que pueda verla.

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Fragmento de Una mujer de Péter Esterházy. México: Alfaguara, 2000. p.15-17.. Revisitando correos viejos a C.