Phoenix – 1901 – A Take Away Show from La Blogotheque on Vimeo.

Desde que escribo en Global Voices Online me llegan propuestas repentinas y curiosas. Desde participar en revistas en línea de mujeres africanas, hasta opinar acerca del asunto del narcotráfico en Michoacán para Al Jazeera. De vez en cuando cedo a algún territorio no muy violento, paso a pasito. El mes pasado dije que sí a enseñar cómo bloggear en línea. En menos de un mes ya me habían asignado a alguien, así como a otros 30 chicos de Global Voices, quienes fuimos incluidos en una campaña para justicia climática (Climate Justice) con MS Action Aid, como mentores de chicos de Dinamarca y África.
Después de un par de correos sé que mi alumna vive en una isla pequeña de Dinamarca, en una ciudad de la que nunca había escuchado. Su isla es más o menos del tamaño de mi estado, lo cual me emociona un poco por la idea de estar rodeada de agua y propiamente sentirlo. Ella se llama Anne, tiene 29 años y hasta el momento conozco poco de su vida. Le he comentado a mis jefes-editores que le enseñaré a usar los blogs -y un poco a vigilar la actividad de su comunidad- desde un punto de vista cotidiano y práctico. Más pensando en lo que pasa aquí -en este lugar intangible- que en mis otros lugares semi-periodísticos. Tengo una idea vaga de cómo podría enlazar eso con el asunto climático -es más o menos el enfoque que tiene mi madre de unos meses para acá- y espero aprender algo de regreso. No pido mucho, puede ser algo sencillo como flotar: enseñar sin un salón, conocer sin ver a la cara, dar ejercicios sin conocer bien el curso, escribir sin usar la pluma, estar en Dinamarca estando en México. No me caería mal una reformulación un poco violenta de algunas actividades cotidianas. Más importante: que funcione. Fondo y forma, fondo y forma.

Disfruté del agua muy poco: como día y medio antes de El gran sabotaje. Me sumergí en una alberca de agua compartida, dejé que las olas me golpearan suavemente la ciática y que la arena se colara por donde no se debería de colar. No hay nada glamuroso en ir a la playa. Es una combinación descontrolada de humedad y texturas rugosas. ¿Han pisado una mantaraya en la oscuridad? Mi cargador y mi celular murieron en el viaje, y también perdí uno de los brazaletes de terapia magnética de mi madre -no me pregunten; son caros-. Me dio el shopping spree en una especie de second coming adolescente. Me tiré Jpod de Douglas Coupland en mi abstinencia playeril y encontré el paraíso en un juego de mesa llamado Cranium. Recordé que las familias de repente son divertidas, aunque las vacaciones, en cuanto a karma y equilibros, namás no son ningún amparo. De repe me dieron mis ganas de oficina, estabilidad y paz que sólo la más parca rutina puede dar. Pero si Jpod me enseñó algo es que todos necesitamos una máquina que nos abrace de vez en cuando y que los infiernos pop-culturales siguen siendo infiernos. Viva la nostalgia inmediata.
La Guía del autoestopista galáctico es un compañero indispensable para todos aquellos que se sientan inclinados a encontrar un sentido a la vida en un Universo infinitamente confuso y compolejo, porque si bien no espera ser útil o instructiva en todos los aspectos, al menos sostiene de manera tranquilizadora que si hay una inexactitud, se trata de un error definitivo. En casos de discrepancias importantes, siempre es la realidad quien se equivoca.
Esa era la esencia del aviso [en las primeras hojas]. Decía: “La Guía es definitiva. La realidad con frecuencia es errónea”.
Eso había traído unas consecuencias interesantes. Por ejemplo, cuando se entabló juicio contra los editores de la Guía por las familias de aquellos que habían muerto como resultado de considerar en sentido literal el artículo sobre el planeta Traal (que decía “Las Voraces Bestias BugBlatter suelen preparar una comida buenísima para los turistas visitantes”, en vez de decir: “Las Voraces Bestias BugBlatter suelen preparar una comida buenísima con los turistas visitantes”), los editores sostuvieron que la primera versión de la frase era más agradable desde el punto de vista estético, convocando a un poeta capacitado para que diera testimonio bajo juramento de que la belleza era verdad, evidencia perfecta, con intención de demostrar, por consiguiente, que el culpable en este caso era la Vida misma por no ser ni bella ni verdadera. Los jueces se pusieron de acuerdo y en un discurso emocionante concluyeron que la Vida misma había cometido desacato al tribunal y se la confiscaron a todos los presentes antes de ir disfrutar de una agradable tarde de golf.
– Fragmento de El restaurante del fin del mundo de Douglas Adams.
Un celebre historiador de la medicina, Karl Sudhof, demostró que a cada época histórica corresponde una enfermedad específica, estructural. Así, la lepra en la Antigüedad, la peste en la Edad Media, la sífilis durante el Renacimiento, la tuberculosis durante el Romanticismo, el cáncer en nuestros días. Cada una de estas enfermedades expresan (o corresponden a) la concepción existencial fundamental de la época considerada. En la Antigüedad la lepra correspondía al Destino (individual, evidentemente); la peste expresa de maravilla la concepción trágica de la existencia que dominaba la Edad Media (muchedumbres enteras aniquiladas, bruscamente, como por efecto de una maldición o de un castigo divino); la sífilis no podía expandirse más que a una época donde el libertinaje era posible, donde el “cortejo” jugaba un rol preeminente, donde viajar era un estilo de existencia; en cuanto a la tuberculosis, por un lado, corresponde a la patética clorótica del romanticismo, por otro, se vuelve una enfermedad social consecutiva a la miseria urbana engrendrada por la Revolución industrial; finalmente, el cáncer expresaría, de cierta manera, el encuentro de una época moderna con lo irracional (ya sea en la física, ya sea en las filosofías vitalistas).
No sé si resumí con exactitud los resultados obtenidos por el erudito profesor Sudhof. Por lo demás, escribo estas líneas sólo para preguntarme si no es el enfermo lo que mejor correspondería a nuestra época y si ésta estaría caracterizada no por una enfermedad sino por la desorganización del cuerpo humano, por la anarquía vital, por la pulverización de los síntomas, en resumen, por la aparición del enfermo, elemento en si mismo que no pudo ser reducido a categorías precisas y que se comporta, frente a las formas clínicas como un irracional, un eterno desconocido.
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Mircea Eliade. “Nota sobre los enfermos”. Fragmentarium. Editorial Nueva Imagen.
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Luego, conversación con Iv.