Hay una mujer. Me odia. Le huele la boca. Distintos olores salen de su boca. Pueden dividirse en dos grupos, los siguientes: si ha comido y si no ha comido. La identificación de los primeros es una ciencia alegre, aunque sin ningún interés. Coliflor. Repollo con carne. Además, los casos más obvios: cebolla, ajo. Sin embargo, los puerros de la ensalada suponen ya una mayor delicadez de espíritu. Y como se trata de una mujer aseada, todo lo anterior aparece velado por el olor de la pasta dentrífica y, a menudo, del licor antiséptico bucal.
Si no ha comido, entonces la cosa se pone más eria, entonces no existe el ayer ni el atardecer -sólo es alguien si ha comido-, entonces no existe nada: no existe el tiempo, no existe la causa ni el efecto, no existe pues, la lógica, no existe la Historia, no existe la memoria (y por consiguiente no existe la moral), ni tampoco existe la sociedad, por no hablar del país, de la patria, de la nación, tan sólo existe una persona (la conozco, por eso la llamo así) que irradia la impersonalidad: ese hedor cálido a putrefacción.
No, no es un hedor, es algo menos, y por lo tanto más temible. Es un ligero mal olor. Leve e insustancial, apenas perceptible, si no me gustara por encima de todas las cosas besarla, ni siquiera me daría cuenta de ello. Si no me azotara un deseo constante, insaciable, hacia sus labios, no me enteraría de esa figura de la creación, de esa herida, de esa terrible infamia. La mujer entera es como una ligera brisa que llega desde la fábrica de colas y pegamentos. Lo más insoportable es la ternura. Si le cubro la cara de minúsculos besos rápidos, si le doy besitos en los ojos, en los párpados, en las cejas, en la nariz, en las orejas, en la mejilla, en la nuca, y claro, en los labios, en la boca, todo se vuelve terrorífico, y llego a unas cimas tan abruptas del asco que me mareo. Por el contrario, cuando más salvaje e insensible y brutal me muestro -asaltándola sin más, como un animal, mordiendo sus labios como si me los quisiera zampar enteros, a dentelladas, moviendo la lengua como si se tratase de un ser vivo, sintiendo en la boca el sabor a sangre-, menos me acuerdo de la fábrica de colas y pengamentos que, según se comenta, acaban de privatizar, de vender por cuatro monedas.
Así que, si la veo en un terreno propicio para los besos -y hoy en día apenas existe ningún lugar que esté bajo la veda del decoro individual o colectivo, de la moral o de la beatería-, entonces me pongo inmediatamente a correr hacia ella, como un personaje de los dibujos animados, acelerando el paso con locura, y ¡hala!, corro hasta alcanzarla, hasta chocar contra ella, sin detenerme, porque sé que si me detuviera, entonces me invadiría un sentimiento de vacío viciado, de ausencia apestosa de nada nauseabundo, soplo soporífero que me provocaría vómitos como ha sucedido en más de una ocasión, mezclándoze mis mocos con mis babas -otra forma de unión.
Ella sabe todo esto, así que me odia. Es un sentimiento reconfortante. Es verdad que me interpreta mal, se cree que lo hago por generosidad, así que me odia. No es por eso, sino porque me vuelvo loco por ella; si cierro los ojos, sólo la veo a ella, si abro los ojos, hago todo lo que sea para verla. Cuando se dé cuenta de ello, ella también me amará. Pero eso no importa, sólo importa que pueda verla.
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– Fragmento de Una mujer de Péter Esterházy. México: Alfaguara, 2000. p.15-17.. Revisitando correos viejos a C.