Sueño del fin del mundo con pollos

En el sueño, Ely y yo compartíamos departamento, un piso de la gran casa de mi abuela. Las paredes eran rojas de piedra suave y antigua, y al interior el fresco característico de las altas casas del desierto. El departamento tenía una variedad de pasillos y puertas, todos los cuartos descuadrados, donde jugaba a perseguir a mi gato por cada camino posible, una pequeña mancha negra acarrerada que rompía con el constante rojo opaco. Atrás había una gran terraza que daba hacia las peligrosas calles de San Nicolás, su puerta trasera a merced de las intenciones: un cerrojo pequeño y abandonado y el delgado material no hubiera aguantado un golpe, mucho menos un mazo. En ocasiones anteriores había tenido miedo de la llegada de los ladrones por cada una de las entradas posibles, un miedo que no me dejaba dormir por las noches del sueño. En ese esquema de vulnerabilidad, había un manojo de pollitos. Pollitos mal alimentados, abandonados quizá de una casa contigua. Solamente uno estaba medianamente formado, un gallo o una gallina, no sé. Estaban flacos y las plumas se les caían como cáscaras de piel. Los tomé conmigo, los coloqué en la terraza, y estaban atrapados: por una parte, los ladrones podían dañarlos en su intento por entrar; por otra, el gato al interior de la casa amenazaba con hacerlos suyos. Pierde-pierde.

Entonces, el tornado. En uno de esos viajes que hacíamos rumbo a Guadalupe, el cielo como las “nubes congeladas” de Interstellar: hacían pequeños embudos, trombas de hielo, y tocaban tierra. A lo lejos se veían los dedos de Dios que en anteriores sueños se habían comido a la ciudad. La alerta por el radio y el celular. Sorteábamos cada tubo de destrucción en el auto, ahora girando para un lado, luego al otro. Viento, agua, no estoy muy segura de haber sentido más miedo que preocupación por los destrozos. Ahí fue cuando recordé: los pollos. Los pollos. No les había dado de comer a los pollos. Estarían sus tripas los pollos. Olvidados los pollos. El tornado llegó cuando nos estacionábamos al lado de la casa, nos refugiamos en un carpa cercana, volteé hacia arriba como Helen Hunt tratando de ver el corazón del monstruo.

Sólo vi una cosa: pollos volando.

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