Vestigios de lodo

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Primero la lluvia a nuestros pies, la pelea por las lanchas y un picnic completamente arruinado. Buscábamos una rueda de la fortuna en Santiago, NL, que no había existido desde hace varios años, como bien me informó horas después el reportero Hugo Gutiérrez (resulta que también en los sueños tenemos nostalgia de lo que no ha existido y también tenemos periodismo). Mi novio del momento era una combinación de ‘loser’ y Robocop, la risilla ingenua que escurría mocos y los hombros anchos de Kinnaman. El agua en las calles subía hasta las pantorrillas y, donde no, había vestigios de lodo. Refugiados en el museo —pensábamos que la arquitectura solemne tomada en serio podía servir de algo en momentos de catástrofe— sentimos el golpe de los rayos cayendo sobre los edificios y el suelo se partió en dos. De nuevo, como siempre pasa en mis sueños, era el fin del mundo, esta vez de todo lo que había construido el hombre. Una gran piedra cayó de lo alto y destrozó el hombro de mi novio, los gritos, la sangre, y lo poco me importaba; quedaba claro que era de papel y por mí que se lo llevara el agua. La huida fue lenta y pantanosa, como Alex Murphy y su cuerpo pesado corriendo por primera vez en los campos de arroz de China. Dejamos atrás una ciudad maltrecha donde los grandes edificios se caían a migajas, reflejo de Monterrey y sus últimas lluvias. Al final del camino, ya en la seguridad de la casa y después de varios trasbordos en taxi —igual que la noche del miércoles, atravesar San Pedro, la suerte del conductor que no roba, el trasbordo en una base segura, la noche tupida, yo y mi mochila cargada de miedos— sólo había una cosa. Mi madre. Ella apuntaba a lo lejos esa unión forzada, casi incestuosa, del cielo y la tierra. Y daba una sentencia: no nos íbamos a salvar de los rayos tectónicos, esos pedazos de luz que tenían la fuerza de partirnos en dos y, sobre todo, de hacernos temblar.

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