El mundo que explota, dos actos

Cenizas

Acto I
Estábamos en la antigua casa de mi abuelo, pero remodelada. Te quería enseñar la terraza. Un par de mis primos estaban con nosotros. La terraza era grande como un campo 3D que se doblaba cuando se acercaba al horizonte. Por algún motivo mis tenis traían patines y te tomaba de la mano y empezábamos a dar vueltas y a jugar a que me caía por el borde. Sonreímos por un momento. Pero luego hicimos eso con mi prima y nos pegábamos y me pusiste tu cara de regaño.

Quería enseñarte todo. Quería que vieras el mismo paisaje que yo veía en todas las noches que pasé en esa terraza cuando niña. Pero estaba nublado, nublado de una forma rarísima y no se diga sospechosa. Había luces amarillas que se colaban entre grandes algodones grises. Se movían.
El cielo estaba tapado y denso.
Una de esas luces atravesó por arriba de nosotros y se convirtió en una especie de globo. Era Homero Simpson disfrazado de tortuga ninja.
Tú, serio y un poco cansado, te veías más grande de lo que normalmente te recuerdo.

Acto II
Mis papás, mis hermanas y yo viajamos de regreso a Monterrey en una gran camioneta. Voy jugando con mi iPhone a tomarle foto a todo. Sin querer, lo uso al revés y pongo el ojo en el otro lado del lente.
Veo a lo lejos de la carretera la tierra de las montañas cubierta con cristales.
Veo lagartos debajo de los pequeños lagos que saltamos.
Veo una réplica de la pirámide de Giza que hicieron en algún rancho para atraer turistas.
La densura gris lo cubre todo. Mi papá dice que la temperatura alcanzará puntos invernales cuando lleguemos al centro.
Las nubes, iguales que cuando estaba contigo.
Bajo la ventana y las siento con las manos.
— Mamá, ¿por qué está el cielo lleno de ceniza?

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