El cielo es el límite

Es cierto que cada que viene Joserra a casa me emociono un poco, pero el sueño de ayer fue otra cosa. La noche en la carretera era densa como el humo de un tráiler y las luces naranjas y amarillas corrían jugando carreras. Había una tormenta de polvo. Levantaba árboles y ramas y mientras Joserra me hablaba de alguna cosa medianamente interesante vi pasar un barco antiguo. “ふね”, pensé, como reflejo de las clases. No teníamos más opción que buscar refugio pero la ciudad nos era extraña, extraña como Monclova o Saltillo, con las mismas cosas de siempre pero desordenadas, no como París o Berlín, donde el contenido de las cosas es diferente. Nos acercamos al complejo de departamentos, conectados por pasillos y túneles y cierto aire de barrios, y teníamos como obstáculo un montón de estudiantes foráneos. Nos invitaban a su fiesta; una niña dormía en un sillón sucio y se resbalaba por las orillas. Cuando pude abrirme paso encontré que mi departamento estaba cambiado, con tres o cuatro cuartos más, con tres o cuatro personas más. Las puertas ya no encajaban a las paredes, los marcos estaban sueltos, los muros estaban inclinados. Se había desencajado todo y las cucarachas habían encontrado una forma de entrar. No había forma de disculparme suficiente con Joserra. Además, las cosas afuera no iban mejor. Por la ventana veía que ya no había escombro en el aire pero las amenazas iban creciendo: dos nuevos barcos, con sus hélices al descubierto como torpedos del aire, subían en una perfecta diagonal a eclipsarse con el sol. Se movían lento, como pescaditos que nadaban hacia el centro de una gran piscina. Salí a la terraza y el cielo era más profundo. Con la luz del día, podía ver cada detalle: se había vuelto una membrana, una especie de órgano vivo, suave color carne, que ahora cercaba nuestra estancia en la tierra. Hacia el oeste, una ventosa -como una herida o una llaga- se abría y se conectaba con la del este, y formaban un canal electromagnético. El cielo trataba de chuparse a sí mismo entre rayos. This was it. Entré de nuevo al departamento y Joserra veía VH1. En la televisión sonaba “Space Oddity”. Esto era otro de sus videos, otro de sus trucos espaciales, y no había mucho por hacer.

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