El regalo

Siempre me decía a mí misma que dormir con ella con la ropa puesta no era una cosa tan grave. Eso de andar desnudas y retozando de seguro era un exceso, una imagen incorporada por la pornografía a nuestros sueños, un espejo falso en el que te estrellas antes de averiguar cuál es tu verdadero reflejo. La ropa estaba ahí y nunca estaba de más porque me dejaba tocarla por dentro. Siempre que hubiera una abertura, un zipper, unos botones que deshacer, yo tenía la invitación a deslizarme como una lagartija que encontraba nuevas elevaciones de arena en su aburrido viaje. Yo vivía en ella y ella en mí, cada quien en su lado de la cama, en un paralelismo que visto de lejos daba menos esperanza de lo que se sentía.

La última vez que estuvo conmigo no dijo ni una palabra antes de desnudarse. La miraba desde abajo, sólida como una estatua erigida en medio de mi cama. Ella era un monumento al deseo como siempre me dejaba saber al oído. Se abrió la blusa, aventó los calcetines, vi cada uno de los hilos más escondidos de cada capa que la cubría. Cosa que se quitaba era cosa que cobraba nombre conforme pelaba su cuerpo como la piel de una naranja.

Extendida —igual que cuando se venera a un cuerpo presente— el regalo que se develaba y mostraba por cuenta propia ya no me necesitaba para nada.

La lagartija, estática, aterrorizada ante aquella llanura blanca de diluído horizonte, sucumbía al no encontrar en dónde esconderse.

Fotografía por Mikecpec.

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One Response to El regalo

  1. Gabriela says:

    ¿Como un animal que se ve en repentino peligro? Interesante forma de verlo.

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