Golpe de calor

No hay un día que pase sin que esté coronando el calor en esta ciudad. Abro la ventana y veo personas en llamas que acaban los pocos lugares frescos que quedan. Estoy parado a la mitad de la sala sabiendo que el encierro durante el invierno significa más calor, que los límites dentro del espacio es más calor, que proteger la piel de la luz es más calor, y que no hay otra solución para el momento. El agua no me quita la sed, sale ardiendo de las tuberías que han absorbido al exterior. Mi miembro se desinfla como una vela que se derrite con el vapor invisible. Las calles huelen a sudor chamuscado. El río Santa Catarina se hunde en su cuenca como los ojos de un drogadicto. La antesala al verano surca líneas tranversales de fuego en los cerros por las noches. Cada tarde es demasiado tarde. Lo único que sabemos de cierto es el desierto.

De regreso del trabajo, vi a las únicas mentes de mi generación quejándose del clima como viejecillos. Monterrey es lo que está frente a la gran secadora de pelo que es el tiempo. Hemos construido un hogar al centro del horno. Esperamos ver a nuestros hijos pelear sin piedad como que conocen el infierno. Es el calor y todos los retrasos que hemos puesto a la vida: el tráfico amarillo y estridente, el desorden de las vías contrapuestas, el laberinto de un minotauro sediento. De qué te sirven las botas y sombrero si las montañas no te dejan caminar a ningún lado. De qué te sirve beber lo que vas a evaporar al rato. Escucho a la gente murmurar entre las calles tratando de explicarlo: el cerro del Topo Chico era un volcán. La energía está ahí, es cuestión de que decida regresar. El valle es una caldera hirviendo, la piedra caliza quebrándose roja, la ciudad que algún día explotará. Éste es el juego del calentamiento.

Con una mano en la frente mido la temperatura de un Monterrey que sólo sabe de excesos. Sus habitantes no conocen grados excepto los del alcohol y los del verano. Joaquín Hurtado dice que en cada lluvia se carga el fantasma del huracán Gilberto, como un niño que sólo recuerda de su padre ausente los golpes. Al niño hoy lo persigue y lo golpea el sol, hasta que el golpe mismo es recuerdo.

Nota para los lectores foráneos: Un cuentín para celebrar que hoy llegamos a los 43 grados. Apenas es abril.

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