De la distancia entre el informador y el informante

Del mismo modo que no tengo la impresión de que un progreso social significativo en los nuevos Estados sea imposible, tampoco la tengo de que el contacto humano genuino a través de las barreras culturales sea imposible. Si no hubiera visto una cierta cantidad de lo primero y experimentado, aquí y allá, en cierta medida lo segundo, mi trabajo me hubiera resultado insoportable. Lo que estoy señalando, en ambos casos, es una enorme presión tanto en el investigador como en sus sujetos, para considerar estas metas como cercanas cuando de hecho están lejos, como seguras cuando no son más que deseadas y como cumplidas cuando, como mucho, sólo nos hemos aproximado. Esta presión nace de la asimetría moral inherente a la situación del trabajo de campo. Por ello no es del todo evitable, sino que es parte del carácter éticamente ambiguo de esa situación como tal. De una manera en absoluto adventicia, la relación entre un antropólogo y su informante descansa sobre un conjunto de ficciones parciales reconocidas sólo a medias.

Mientras sigan siendo no más que ficciones parciales (y así, también verdades parciales) y reconocidas sólo a medias (esto es, también medio oscurecidas), la relación progresa suficientemente bien. El antropólogo se mantiene por el valor científico de los datos que consigue y acaso por un cierto alivio al descubrir que, después de todo, su tarea no es por completo semejante a la de Sísifo. En cuanto al informante, su interés se mantiene vivo gracias a toda una serie de conquistas secundarias; la sensación de ser un colaborador esencial en una empresa importante aunque apenas comprendida; el orgullo de su propia cultura y de su conocimiento experto de la misma; la oportunidad de expresar ideas y opiniones personales (y de contar chismes) a un oyente neutral y externo; así como, de nuevo, una cierta cantidad de beneficios materiales directos e indirectos de uno u otro tipo. Y así sucesivamente —las recompensas son diferentes para prácticamente cada uno de los informantes—. Pero si el acuerdo implícito en considerarse, a pesar de la evidencia que aportan algunos indicios muy serios en sentido contrario, como miembros del mismo universo cultural se viene abajo, ninguno de estos incentivos fácticos puede prolongar la relación durante mucho tiempo. La relación, o bien se va apagando gradualmente en una atmósfera de futilidad, aburrimiento y decepción generalizada o, con mucha menor frecuencia, se colapsa de repente en una recíproca sensación de haber sido engañado, utilizado y rechazado. Cuando esto ocurre, el antropólogo ve una pérdida de la «compenetración»: le han dado calabazas. Por su parte, el informante ve una revelación de mala fe: ha sido humillado. Y ellos se quedan callados de nuevo en sus mundos separados, internamente coherentes, incomunicados.

— Geertz Clifford, “Los Usos De La Diversidad”.

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