Legorreta + Legorreta @ Museo MARCO
Publicado originalmente en La Rocka (2006).
“¿Y este qué es?”, preguntaba una muchacha observando una de las 70 obras que conforman la exposición “Legorreta + Legorreta” en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). Distribuidas en las salas 1, 2, 3 y 4 de la planta baja del museo, las obras de arquitectura –condensadas a manera de fotografías, principalmente– dan una retrospectiva del oficio de Legorreta padre, Ricardo, y también del trabajo con su hijo Víctor en los últimos años.
Ricardo Legorreta es considerado como el exponente con vida de arquitectura más importante de México. Abrió su despacho a principios de los sesenta, egresado de la UNAM. Varios años después, Víctor, el menor de sus hijos, se sumó a su padre para conformar el despacho Legorreta + Legorreta. Entre las creaciones firmadas bajo el apellido destacan el Hotel Camino Real de la Ciudad de México, la Catedral Metropolitana de Managua, y en Monterrey, la Biblioteca Magna (UANL), la Escuela de Egresados (ITESM), y el propio MARCO.
La inauguración tuvo lugar en la noche del viernes 19 de mayo y estará disponible al público hasta el mes de agosto. El evento abrió con la conferencia “Diálogo entre generaciones”, donde ambos arquitectos comentaron de sus experiencias y sus futuros trabajos, ante un patio central con cientos de asistentes. Fue a las 9.30 de la noche cuando el público pudo acceso a la obra de los Legorreta en más de 40 años: residencias, universidades, bibliotecas, hoteles, todo contenido en unas pocas salas del museo.
“Está bien chida su filosofía. I like. Yes”, aseguraba un muchacho mientras hacía fila para entrar a la exposición, en referencia al arquitecto padre. El mundo reconstruido de los Legorreta comienza por la celosía que fue pintada por primera vez en 15 años, desde que construyeron MARCO. Enmarcando fotografías luminosas en cada uno de sus recuadros morados, el museo se convierte en expositor y en exposición, en pabellón y en obra.
El eje de la exhibición es cronológico: se recuperan sus primeras construcciones (mostradas en blanco y negro), sus obras más representativas, hasta las más contemporáneas y los proyectos a desarrollar próximamente, ya bañadas en color. Inclusive, se expone un boceto de los homenajeados especialmente para la ocasión, como una promesa a realizar.
Las obras arquitectónicas se exponen en fotografías nítidas, brillantes, plásticas. Casi tangibles. El diálogo en ellas es uno entre materias primas más que entre fuerzas: el concreto y la naturaleza, la pared de la Catedral contra el bosque de Nicaragua, el mar violento contra el agua de la casa japonesa. Las fotografías plasman también el ritmo del estilo de los Legorreta: geometría obsesiva, pequeños cuadros estables en repetición, como las ventanas del Sheraton Abandoibarra. Los colores puros e intensos: rojos, amarillos, rosas, morados, blancos. Fotografías murales que sumen al espectador dentro de la construcción, aun sin ser escala real.
La exposición mimetiza el ambiente donde se desenvuelven los arquitectos, empezando por la doble muestra del trabajo (vistas de los planos, maquetas, bocetos, restiradores, y demás) y del resultado de éste (las fotografías de los edificios). En la inauguración, mientras el público se perdía entre el acercamiento a su taller en las salas que ellos mismos habían construido, ambos Legorreta caminaban por la exposición con Romeo Flores Caballero (CONARTE), Nina Zambrano (MARCO) y otros directivos. Cada plaza y cada fuente eran circuladas por la mano de Legorreta padre, explicando detalles de su trabajo a Flores Caballero, como ecos del oficio de maestro que ejerció durante años. Junto a ellos algunos escuchas, que los detenían para fotografías y autógrafos.
“Un granito de luz en la grisura del hombre”, le decía una muchacha a su acompañante, con respecto a la construcción que admiraban, entre otros detalles. Se pudo haber referido a la luz entre los cuartos de color, al agua entre las islas de concreto. Un estilo de arquitectura sentado en el contraste o, en términos de Ricardo Legorreta, como de huella humana en el planeta.
Al finalizar el recorrido, los arquitectos y sus acompañantes tomaron asiento en una de las mesas del patio central. Disfrutaron de las bebidas, del dueto de teclado y saxofón que amenizaba la noche, y también del público a su alrededor que no dejaba de acercárseles. Y mientras la fuente de la plaza central de MARCO se inundaba por las personas sentadas en sillas, en el suelo, recargados contra la pared, y los pabellones por los murmullos y las impresiones, las obras expuestas de Legorreta se erigían por sí mismas, silenciosas, con agua inmóvil y grandes salas vacías. Eran las dos caras de una moneda para la idea de la arquitectura del padre y del hijo. Por un lado, el lado artístico, de la mirada a distancia a las edificaciones y todas sus propiedades estéticas; por otro, el lado humano y práctico, de los asistentes que experimentaban en cercanía a la obra, el gran museo, celebrándolo, habitándolo, viviéndolo.
0 Comments on “Una reconstrucción de los Legorreta”
Leave a Comment