Un abrazo hasta el otro lado de las estrellas

juanga

No es fácil para mí sentirme en casa. No es fácil para mí sentirme querida. Es como si alguien me tratara de poner un vestido que se me ve bien pero que es bastante obvio. Primero hago berrinche. Me hace sentir expuesta. Y desde los primeros intercambios con Jaime y Beck fue algo así. Ellos amables y disponibles, yo un poquito arisca. Yo a la defensiva del mundo, ellos curiosos y al mando. Puedo decir que en el poco tiempo que conocí a Jaime -es poco si consideramos los amigos que ya le sabían las mañas cuando nos conocidos- aprendí a dar abrazos sin miedo. Revirtió mi forma de ver las cosas. Revirtió lo que yo entendía por ser amiga. Fue un cambio estructural. Y disfruté estar con él, confundirnos mutuamente con historias imposibles, hacer vericuetos de palabras, cantar Juan Gabriel a la menor provocación, darle la vuelta al día porque todo estaba bien y en confianza. No eran momentos perfectos y brillantes: era divertirnos y burlarnos de lo oscuro, hacer chistes sobre y de la ansiedad, y rondar las orillas del abismo con una cerveza en mano. Sé que conocí apenas una pequeña parte de lo que era él -quizá la persona más compleja y talentosa que jamás vaya a conocer- y eso fue suficiente para cambiarme por completo. La última conversación que tuvimos fue cuál emoticon representaba mejor la desesperación, una sonrisa torcida en ambos lados de la pantalla. Estoy triste porque nunca voy a dejar de extrañarlo y porque hemos perdido al cómplice de ese otro mundo paralelo y misterioso que le subyace a este, a veces tan ingenuo.

Cada que le prenda fuego a algo, Jaime, va a ser pensando en ti. Con el mejor soundtrack posible.

Jaime Garza (20 de enero de 1974 – marzo 2015).

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Historia perdida

“Cabe mencionar que el público alternativo de TJ, por su cercanía con USA, ha tenido la posibilidad de ver en directo y en su momento a todo un caudal de grupos extranjeros, aunado a esa oferta histórica ofrecida en la ciudad por la sala de conciertos Iguanas, entre 1989 y 1994 (las primeras y, en algunos casos, únicas actuaciones en México de grupos como Nirvana, Psychic TV, The Damned, Nine Inch Nails, Devo, Dee-lite, Primal Scream, Sugarcubes, OMD, Adam Ant, The Ramones y un larguísimo como interesante etcétera). Un pedazo de la historia del rock en México que jamás ha sido escrito con la pertinencia, rigor y cariño que se merece. Ya habrá tiempo.”

— Rafa Saavedra en “Border Pop”, citado por La Raya en Facebook.

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Tiempos de elecciones

Para los empresarios “Nuevo León debe ser gobernado por los Garza Sada –aunque sea un drogadicto confeso como Mauricio– o por un Clariond, que no es corrupto, solo toma algunos millones de dólares de la Tesorería para depositarlo en las cuentas de sus empleadas domésticas. Los pecados de pedigreé son travesuras de cuates; los de la cultura del esfuerzo son de rateros –o rateras– en despoblado”.

— Ramón Alberto Garza en su columna diaria

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Sueño del fin del mundo con pollos

En el sueño, Ely y yo compartíamos departamento, un piso de la gran casa de mi abuela. Las paredes eran rojas de piedra suave y antigua, y al interior el fresco característico de las altas casas del desierto. El departamento tenía una variedad de pasillos y puertas, todos los cuartos descuadrados, donde jugaba a perseguir a mi gato por cada camino posible, una pequeña mancha negra acarrerada que rompía con el constante rojo opaco. Atrás había una gran terraza que daba hacia las peligrosas calles de San Nicolás, su puerta trasera a merced de las intenciones: un cerrojo pequeño y abandonado y el delgado material no hubiera aguantado un golpe, mucho menos un mazo. En ocasiones anteriores había tenido miedo de la llegada de los ladrones por cada una de las entradas posibles, un miedo que no me dejaba dormir por las noches del sueño. En ese esquema de vulnerabilidad, había un manojo de pollitos. Pollitos mal alimentados, abandonados quizá de una casa contigua. Solamente uno estaba medianamente formado, un gallo o una gallina, no sé. Estaban flacos y las plumas se les caían como cáscaras de piel. Los tomé conmigo, los coloqué en la terraza, y estaban atrapados: por una parte, los ladrones podían dañarlos en su intento por entrar; por otra, el gato al interior de la casa amenazaba con hacerlos suyos. Pierde-pierde.

Entonces, el tornado. En uno de esos viajes que hacíamos rumbo a Guadalupe, el cielo como las “nubes congeladas” de Interstellar: hacían pequeños embudos, trombas de hielo, y tocaban tierra. A lo lejos se veían los dedos de Dios que en anteriores sueños se habían comido a la ciudad. La alerta por el radio y el celular. Sorteábamos cada tubo de destrucción en el auto, ahora girando para un lado, luego al otro. Viento, agua, no estoy muy segura de haber sentido más miedo que preocupación por los destrozos. Ahí fue cuando recordé: los pollos. Los pollos. No les había dado de comer a los pollos. Estarían sus tripas los pollos. Olvidados los pollos. El tornado llegó cuando nos estacionábamos al lado de la casa, nos refugiamos en un carpa cercana, volteé hacia arriba como Helen Hunt tratando de ver el corazón del monstruo.

Sólo vi una cosa: pollos volando.

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Vestigios de lodo

joel_kinnaman_robocop

Primero la lluvia a nuestros pies, la pelea por las lanchas y un picnic completamente arruinado. Buscábamos una rueda de la fortuna en Santiago, NL, que no había existido desde hace varios años, como bien me informó horas después el reportero Hugo Gutiérrez (resulta que también en los sueños tenemos nostalgia de lo que no ha existido y también tenemos periodismo). Mi novio del momento era una combinación de ‘loser’ y Robocop, la risilla ingenua que escurría mocos y los hombros anchos de Kinnaman. El agua en las calles subía hasta las pantorrillas y, donde no, había vestigios de lodo. Refugiados en el museo —pensábamos que la arquitectura solemne tomada en serio podía servir de algo en momentos de catástrofe— sentimos el golpe de los rayos cayendo sobre los edificios y el suelo se partió en dos. De nuevo, como siempre pasa en mis sueños, era el fin del mundo, esta vez de todo lo que había construido el hombre. Una gran piedra cayó de lo alto y destrozó el hombro de mi novio, los gritos, la sangre, y lo poco me importaba; quedaba claro que era de papel y por mí que se lo llevara el agua. La huida fue lenta y pantanosa, como Alex Murphy y su cuerpo pesado corriendo por primera vez en los campos de arroz de China. Dejamos atrás una ciudad maltrecha donde los grandes edificios se caían a migajas, reflejo de Monterrey y sus últimas lluvias. Al final del camino, ya en la seguridad de la casa y después de varios trasbordos en taxi —igual que la noche del miércoles, atravesar San Pedro, la suerte del conductor que no roba, el trasbordo en una base segura, la noche tupida, yo y mi mochila cargada de miedos— sólo había una cosa. Mi madre. Ella apuntaba a lo lejos esa unión forzada, casi incestuosa, del cielo y la tierra. Y daba una sentencia: no nos íbamos a salvar de los rayos tectónicos, esos pedazos de luz que tenían la fuerza de partirnos en dos y, sobre todo, de hacernos temblar.

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